El vuelo NZ 1252 que partió desde Buenos Aires el sábado 17 de marzo a las 14 hrs, con destino a Barajas, Madrid jamás pisó suelo español. Fui el único sobreviviente del accidente aéreo. Para todos, un héroe.
Una y mil veces me vi obligado a narrar la tragedia en radios y programas de TV, hasta se han ofrecido para escribir la historia de mi vida, mi propia historia.
Alguna vez creí que podía convivir con esa tragedia a cuestas. Llevar una vida aparentemente normal, un empleo estable, Internet, TV por cable, familia e incluso hijos. Pero cuando se cumplió un año del accidente algo cambió en mi vida. O mejor dicho, algo ingresó.
Lentamente comencé a pasar más tiempo tendido en mi cama, incluso días enteros, repitiendo siempre las mismas imágenes oníricas: estaba plácidamente en un avión,y de pronto, fuertes turbulencias, gritos, llantos, corridas, sangre y la irremediable caída. Cadáveres por todos lados.
Despertaba ahogado por las sábanas sudoroso e inmóvil con la habitación envuelta por una atmósfera de muerte.
Cada vez me resultaba más difícil abandonar mi cama. Transcurría semanas sin salir de la cama. Me sentía agotado y el cuerpo pedía descansar. Lentamente comencé aperderlo todo. Débil, incomprendido y abandonado. Pobre. Sin depresión ni tristeza. Olvidado por todos sin recordar el sol, los colores y el mundo exterior. Ponerme de pie resultaba una proeza. Aquella pesadilla se sucedía todos los días y a toda hora.
Sin embargo, en la noche que se cumplía el décimo aniversario del accidente decidí pelear. Tomé pastillas para evitar dormirme y encendí la radio. La lámpara de 60 que colgaba del techo apuntaba hacia mis ojos.
Simulé roncar. El reloj marcaba la medianoche cuando comprobé su existencia, ya que irrumpió en la habitación e hizo explotar la lámpara. La radio perdió la señal y sólo emitía un sonido de fritura. El miedo me paralizó mientras esperaba por su ataque.
La cosa se desplazó velozmente haciendo tiqui tiqui tiqui con sus patas sobre el piso de madera y se detuvo, de pronto, debajo de la cama. Luego, dio un fuerte salto sobre la parrilla de madera que sostenía el colchón. Permaneció allí en silencio. Volvió a saltar y se detuvo en la cima del dedo pulgar del pie derecho. Formuló una serie de sonidos durante varios minutos mientras jugaba y acariciaba los dedos del pie. De pronto desapareció sin dejar señas. No recuerdo cuanto tiempo estuvo ausente pero retornó ferozmente. Emitió un elegante gemido que luego descubrí que equivalía a su irónica, vengativa y vulgar risa. Sentí su diminuto cuerpo trasladándose por debajo de mis piernas y nalgas hasta llegar al punto central de la columna vertebral. Ubicado allí comenzó a empujar hacia arriba, abriendo su cabeza con lentitud y cuidado. Su agudo y fino aguijón metálico se clavó en mí durante 10 segundos, durmiéndome.
2010-05-29
Comentarios :
Padrino George (2010-05-29): Muy bueno.
Andrea (2010-05-31): Me gustó mucho, es más, el anterior y éste son los que más me han gustado del útlimo tiempo. Buenísimas las descripciones.