¿Qué fue lo que me movilizó? ¿La curiosidad? ¿El miedo?
Ante la certeza de que el miedo lo es todo.
Era difícil y riesgoso llegar hasta ahí sin ser visto. Luego había que permanecer oculto en ese pequeño escondite, donde todo y todos estaban tan cerca. Saber soportar la larga espera era parte del secreto.
En el momento oportuno golpeé la puerta. Horas estuve bajo la lluvia hasta que alguien finalmente respondió. Un sujeto de voz áspera me exigió una contraseña para permitirme ingresar. Desde la ignorancia balbuceé al azar tres palabras acompañadas por dos números.
-Espere -dijo el hombre desde el interior.
Intenté, en vano, fumar. Veinte minutos después el mismo hombre regresó para interrogarme hasta convencerse de quien era. Recién entonces abrió la puerta que daba a un cuarto húmedo, sucio. Ahí aguardaba un hombre con los brazos cruzados y de mirada amenazante. Su ojo derecho me resultaba curiosamente inquietante. Era de vidrio. Poco tiempo después el ojo comenzó a asustarme.
El tuerto me palpó con violencia hasta comprobar que estaba desarmado.
-Da miedo ¿verdad? Sepa que el miedo lo es todo. Escuche -el tipo se golpeó el ojo derecho, el cual emitió un sonido hueco y lejano como llegado desde una catacumba. Me aterré. De inmediato, prosiguió -Eso que oye, es la voz de los oprimidos, la venganza de los desposeídos… Ja, ja, ja si pudiera ver el temor que hay en su rostro. Usted es definitivamente un imbécil. Este ojito lo utilizo para desenmascarar a los cobardes como usted. Además de cobarde, usted es un desmemoriado. Regresa aquí como si nada hubiese ocurrido pretendiendo que todos olvidemos aquello…Y encima lo hace mintiendo y yo detesto a los mentirosos. Mire, le voy a contar un cuentito: había una vez un futbolista, de esos que salen con famosas, que aparecen en la TV y en las revistas ¿vio? Sucede que él tenía un problemita: jamás decía la verdad, ¿entiende? Y un día su estrella se estrelló y se apagó. Todo por una simple y burda mentira…Ya sabe quien es ¿verdad? Bueno, ahora agradézcale al viejo seguir con vida… Aunque sus códigos ya no sean los míos. ¡Inútil!
El hombre tiró una patada de karate que me dio en el medio del pecho. Caí y permanecí tendido más de cuarenta y cinco minutos. Pensé que al fin moriría allí, congelado, despidiéndome así de toda esta farsa. Sin embargo, el malhechor volvió y me arrastró hacia la habitación del viejo.
-Quince minutos -me dijo mientras me dejaba frente a la puerta.
Tardé en incorporarme. Apenas si podía mantenerme en pie. Con dificultad abrí la puerta y entré a una habitación oscura, sin ventanas. El viejo estaba postrado en una cama añeja y oxidada desde el último enfrentamiento. Una radio encendida transmitía un partido de fútbol que lo tenía de pésimo humor. Transcurría el entretiempo.
Allí, la temperatura ambiente distaba de toda lógica. El calor era insoportable, similar al que se siente en el repleto subterráneo un día de enero. Pensé en apagar las estufas, pero no había ninguna. Enseguida empecé a sudar. Todavía estaba mojado y el sudor se mezcló con el agua de la lluvia. El viejo también sudaba, pero el sudor le descendía desde su frente y se detenía en su abdomen. Estaba obeso pero aún conservaba su inconfundible vozarrón rabioso. Las cicatrices y arrugas de su frente denotaban una larga vida llena de disputas. La muerte lo acechaba.
-Necesito dinero -le dije.
Me observaba sin responderme.
-Haré lo que sea – insistí.
-La culpa la tiene ese infeliz del Presidente. Le advertí que no contratará a un inservible. Estoy harto. Harto de perder siempre, harto de ser el hazme reír. Harto de todo. Pero esta humillación es insostenible, intolerable. Hasta aquí llegué – dijo el viejo mientras bajaba el volumen de la radio.
-Estoy a su disposición – supliqué.
-Tengo mucho odio acumulado. Los tiempos han cambiado y no he logrado adaptarme a ello. Ya estoy viejo. Siempre soñé con hacer grande al club pero nunca me escucharon, ahora ya es…
-Señor…
-¡No me interrumpa! Los tipos como usted me dan escalofríos. Me asustan. Ustedes son impredecibles, auténticos cobardes que el miedo los lleva a hacer cualquier cosa. Por eso digo que son muy peligrosos. Ustedes degradan el oficio, lo ensucian. Le quitan brillo al trabajo. Por tipos como usted he tenido ganas de dejarlo todo e irme lejos. Ahora mismo me retiraría. Sin embargo, siempre logro serenarme y pensar en aquellos novatos entusiastas que se presentan aquí con renovado valor, ilusionándome.
-Lo siento, usted podría…
-¡Cállese! A mi, nadie me va a decir que es lo que puedo o no puedo hacer. Aquí tiene – El viejo metió la mano debajo de la almohada. Sacó una credencial y dos fotos.
-Escúcheme, el trabajo es sencillo pero el tiempo juega en su contra mi estimado. Tiene algo más de media hora. Sepa que usted debe actuar ante la vista de todos. Todos deben saber lo que ha ocurrido. Como recompensa usted obtendrá protección, aunque no la merezca, y algo de dinero.
-¿Qué tipo de protección? ¿Cuánto dinero?
-Pero como se atreve a exigir cosas. Esto es insólito, usted no está en condiciones de exigir nada. Veremos como se comporta y luego hablaremos de dinero. No hay adelanto, o sea, si cumple cobra y si no cumple, no cobra. Comprenda que sigue siendo un privilegiado.
-Necesito el dinero.
-Sé todo acerca de usted. Hasta un niño tiene más agallas que usted. Usted me hace daño, me lastima, me hiere. Usted no aprendió nada y no entiende nada… el culpable soy yo, por no asumir sus defectos e imaginar sus virtudes. Y ahora que lo veo todo, ya es tarde. ¡Tráigame lápiz y papel!
Le alcancé el pedido. Observé que su mano derecha estaba firme y no temblaba al escribir, dominado por la irritación. Al concluir, arrojó, como siempre, el papel al piso. Lo tomé.
-¡Se lee afuera! Ahora retírese.
-Usted debería saber que… – El viejo no quería escucharme más, volvió a meter la mano debajo de la almohada y esta vez sacó una campana. La hizo sonar e inmediatamente tres hombres entraron en la habitación. Mientras los sujetos me sacaban a la rastra del lugar, el viejo me gritó algo doloroso que intentó disimular elevando el volumen de la radio. Los tipos me arrojaron al callejón como si fuera un borracho que sin dinero exige beber un trago más.
-Nos comunicaremos con usted – aseveró el tuerto sonriendo.
Afuera aún diluviaba. El frío, la lluvia y el recuerdo de aquella confusa noche en Bernal. ¿Por qué había sido tan cruel con su comentario? ¿Por qué tan cobardemente se escudó bajo el sonido de la radio?
Corrí unos metros hasta dar con un taxi. Tuve suerte. Subí y el chofer también escuchaba el partido de fútbol. El resultado del cotejo lo entristecía. Fue gentil y me ofreció una toalla porque todavía seguía empapado. Le agradecí el gesto y le dije que comprendía perfectamente su estado de ánimo. A pesar de todo, aún simpatizaba por esos colores y sentía angustia por la situación.
Analicé la credencial y luego las fotos. No estaba seguro acerca de la identidad de los hombres. Decidí compartir las imágenes con el taxista quien rápidamente confirmó mis sospechas. Le pedí entonces que me llevara lo más cerca posible del estadio.
Al leer el papel, volví a sentir miedo, el mensaje del viejo era claro.
Descendí del vehículo a tres cuadras del estadio. El grito de gol de la multitud me estremeció. Cuando miré el reloj faltaban diez minutos para que el partido terminara. Debía apurarme.
(Continuara)
2010-07-02
Comentarios :
Padrino George (2010-07-03): Muy bueno el suspenso...
Andrea (2010-07-04): bueno, veremos cómo termina... espero el remate.