“Bernal. Noche fría y lluviosa. Un auto transita por calles oscuras y pantanosas con dos hombres y un niño a bordo. La radio está encendida y transmite un partido de fútbol. Hay un gol y uno de los hombres decide apagar la radio. El niño no entiende de fútbol pero le gusta ir a la cancha con su padre. El silencio dentro del vehículo lo estremece. Pregunta y no obtiene respuesta. Los hombres continúan en silencio. El niño sospecha que al menos uno de ellos está llorando. Tal vez los dos. Entonces él también intenta llorar pero no logra hacerlo. Permanece callado y angustiado. De pronto, el auto se detiene en el medio de la oscuridad. Minutos después una fuerte luz externa lo ilumina todo. El niño supone que es el coche que los seguía. Percibe tensión entre los hombres pero ambos aún siguen sin hablar. Algo o alguien golpea el auto y los hombres descienden del vehículo discutiendo. Siente miedo. Permanece solo mucho tiempo en tamaña oscuridad. Solo escucha el sonido del viento y de la lluvia. Siente miedo pero se duerme. Escucha un disparo y se despierta. Los hombres regresan al auto maldiciendo. Uno está herido y desparrama sangre por todos lados. El otro se pone frente al volante y salen de allí a toda velocidad. Mientras maneja cuenta chistes. El niño entra en shock. Llora, y pide a gritos regresar a casa junto a mamá. El herido no tiene fuerzas para hablar. Con el último aliento le pide a su compañero que cuide del niño. Al llegar a la puerta del hospital, el conductor desciende del vehículo dejando el motor encendido. De un tirón saca al hombre herido y luego al niño. Regresa al auto y solitario sigue su marcha. El hombre se muere con su hijo entre los brazos. En la ciudad todavía resuenan los ecos de los hinchas que festejan el descenso de su clásico rival”.
Tantas veces había transitado por esas calles, jovial y desmedido en mi fanatismo compartido. Corrí rápido persiguiendo el recuerdo.
¿Qué sentiría ahora él ante la actualidad del equipo?
El inesperado y conmovedor grito de gol me había devuelto la fe, la hazaña aún era posible.
Cuando llegué a la puerta de ingreso no necesité usar la credencial. La puerta estaba abierta y nadie controlaba el acceso. Todos estaban concentrados en el partido. Sin embargo, en el palco preferencial había algunos asientos vacíos. No tuve inconvenientes para hallar la navaja colocada cuidadosamente debajo de la butaca indicada. Miré alrededor y descubrí a los hombres de las fotos un escalón más abajo. Se ubicaban uno al lado del otro. El calvo se volteó para decirme que venía el gol.
Se habían jugado ochenta de los noventa minutos que establece el reglamento cuando el juez cobró una falta inexistente al borde del área, sobre el sector izquierdo del ataque local. Casualmente aquella mañana la prensa especializada resaltaba que el equipo llevaba cinco años sin hacer un gol de tiro libre. El back central paraguayo, de nulas cualidades técnicas llegó desde el sector defensivo para hacerse cargo del balón. El repudio era generalizado en la tribuna, aunque el calvo, un auténtico hombre de fe, giró para repetirme que la jugada terminaría en gol.
Pensé en el trabajo y en el viejo. ¿Se saldría nuevamente con la suya? ¿Por qué había sido tan cobarde escudándose bajo el volumen de la radio?
Dejé al miedo de lado y decidí que los hombres tuviesen un momento más.Milagrosamente el jugador más criticado y repudiado del plantel sacó un derechazo fulminante que dejó perplejo al arquero visitante. Golazo.
Lo grité desaforadamente y miré al cielo buscando complicidad. El calvo se arrodilló, rezó y alguna lágrima se le escapó. El acompañante, en cambio, no se inmutó. Apenas si aplaudió. Luego, se dedicó a observarme detenidamente con ojos amenazantes. Había en él algo familiar que me desconcertaba y asustaba.
-Usted trajo suerte, de acá no se mueve – me dijo el calvo cuando se reincorporó. El otro lo miraba con desdén y una imperceptible sonrisa se dibujó en su rostro.
Todavía faltaba un gol para mantener la categoría. Con nueve jugadores se quedó el elenco tras la segunda conquista. El paraguayo luego de convertir, se trepó al alambrado e intentó golpear a un plateísta que lo había insultado durante los 38 partidos del campeonato. En tanto, la primera expulsión había ocurrido al finalizar el primer tiempo. El ídolo y crack que regresó del club más popular del país para evitar el descenso, no soportó la situación y se hizo echar rumbo a los vestuarios. Antes de salir le ofrendó a su gente la remera número 7. El público lo amaba.
“El hombre apaga la radio. Lo que acaba de escuchar lo alegra. Pasaron diez años pero son de primera otra vez. Recuerda a su compañero. Piensa en el muchacho. El joven lo defraudó y ahora todos piden su cabeza. Se convence que todo es producto del miedo. Como líder de la organización debe ajusticiar al muchacho para mantener a sus hombres a raya. Todo lo conduce a la noche de Bernal. Sus hombres desconocen el asunto y por eso no pueden entender por qué él decide proteger al muchacho. Sabe que tendrá que pagar un alto costo por protegerlo. En la ciudad comienzan a resonar los ecos de una hinchada que festeja el ascenso de su equipo a primera”.
El partido se extinguía y era tiempo de que actuara con solvencia. La orden era clara: debía ser ahí mismo, ante la vista de todos. Sin embargo, aún estaba dubitativo, el calvo me resultaba simpático y el otro se mostraba como si supiera todo. Me dejé llevar por el instinto y me aboqué de lleno a las contingencias del partido.
Dentro del campo de juego había nueve hombres luchando contra la adversidad. Enfrente había once que aspiraban a la gloria. Los hinchas locales desafiaban al destino corajudamente, sabiendo que al fin se merecían torcerlo, vencerlo. Los nueve iban hacia adelante sin medir riesgos. Atacaron con desenfreno y crearon algunas situaciones de peligro pero carecían de ideas y claridad. Al cumplirse el tiempo reglamentario el gol de la permanencia no había llegado.
El árbitro adicionó tres minutos. En ese momento, el habilidoso puntero izquierdo, quien debería ser un titular indiscutido, avanzó con fuerza por el andarivel de su perfil. El calvo giró nuevamente y entre dientes, como un soplido, auguró la hazaña. El pequeño wing hizo una pausa fatal y luego tiró un centro pasado, al segundo palo, que el arquero dejó pasar convencido de que inexorablemente el esférico pasaría los límites, sin embargo, el futbolista más petiso de la divisional apareció como un rayo por detrás de todos para conectar de cabeza y enviar la pelota al fondo del arco. 3 – 0.
Volví a mirar al cielo y recibí la señal. Entre lágrimas saqué la navaja y la introduje sobre el pecho del hombre de ojos amenazantes quien asistía al calvo, víctima de un infarto en la cara anterior. El sujeto mantuvo sus manos sobre el puñal y con el último aliento repitió las mismas palabras que el viejo intentó ocultar elevando el volumen de la radio.
“El viejo apagó la radio. Estaba exultante. Seguían siendo de primera. Aquella emoción había sido demasiado fuerte para un corazón tan débil. Su vida y su liderazgo se esfumaban. Ahora sus hombres se harían cargo del mando. Pertenecían a una generación guiada por otros códigos y valores. Recordó a su compañero. Pensó en el muchacho. Se arrepintió de haberle dicho algo tan hiriente. Aunque ambos sabían que era cierto. El joven lo había defraudado pero ya había derrotado al miedo y había cumplido con su trabajo. Ya no podría protegerlo más. El viejo se durmió con los ojos abiertos soñando con la noche de Bernal. En la ciudad comienzan a resonar los ecos de una hinchada que festeja la permanencia de su equipo en primera”.
Salí arduamente del estadio. Ya no sentía miedo.
2010-07-09
Comentarios :
Padrino George (2010-07-14): Linda forma de sacarse el miedo. Muy bueno.